Historias de un regreso anunciado

De nuevo en Santiago, Chile, con la cordillera de los Andes imponente rodeándome, las nuevas y viejas sensaciones entremezcladas, las responsabilidades, los misterios y aventuras acechando, el mal café, los retos, la infinita e interesante soledad, los jugos de chirimoya, papaya y guayaba, los inagotables saludos, las frases acabadas en po y un extraño y desconcertante frío.

Partí de Madrid en mitad de la noche, con nocturnidad y alevosía, mientras Australia ya había abandonado la ciudad el día anterior y mi familia se resistía cariñosa a decir realmente adiós. El vuelo me dejó contento sin presumir que diría el míster, con Iberia siempre causándote la sensación de que rozan la cutrez, pero con la suerte de mi lado dejando el asiento de al lado vacío. Cena con hambre, películas viejas a falta de interesantes novedades, posturas locas para intentar acoger al sueño, series de dibujos de Star Wars o Guardianes de la Galaxia y desayunos artificiales sin café a tiempo. Todo ello aderezado de un aterrizaje con maniobra tres, consistente en piloto automático para baja visibilidad, y el consiguiente encomendarse a Dios, María, y todo aquel que pudiese intentar que mi canguelo disminuyese.

La ciudad sigue siendo la misma pero con abrigos en los habitantes e historias de nieve y granizo. Extrañamente, no es común que nieve por aquí pero lo hizo el día antes de mi llegada, así que quien más quien menos tenía una foto o vídeo para enseñarme. Providencia sigue con ambiente, aunque es cierto que el frío hace mella y la vida, quizá, acaba antes que la última vez que merodeaba por aquí.

El recibimiento en el trabajo fue bueno y con noticias sorprendentes e inesperadas en cuanto al proyecto se refiere. Las fechas se convierten aún más en una incógnita y me cobijo en mi rol de ayudar y hacer de herramienta útil entre España y Chile. Cigarrillos y tejas, que, avergonzado, nunca sé cómo ofrecer, son bien aceptados incluso por el que dice ser diabético.

Compra básica en el supermercado, café, leche, azúcar y unas Patagonia Calafate para los días raros. Sigo sin entender cómo pueden tener un «puesto» para meter las cosas en bolsas y que, según me parece, esperan propina. Casi por evitar el bochorno le acabo dando 110 pesos (creo), que serán como quince céntimos, pero me prometo a mí mismo no volver a participar de semejante sainete. Tres pequeñas paltas a un joven a la salida que parece encantado de que se lo compre y pregunta de dónde soy, y me dice que me llevo unas buenas paltitas y una buena cerveza.

Me duermo sobre el ordenador en el apartamento, y pese a que son las nueve pasadas, y que no considero que sea la mejor decisión para evitar el tan famoso jet lag, me voy a la cama. Despierto un par de veces en la noche pero vuelvo a dormir hasta las siete, con el amanecer de Santiago dejando una bella estampa desde mi balcón. Aprovecho para hablar con España y esperar a las reuniones que tienen un horario decente para mí.

Trabajo, comida con crema de espinacas y risotto de champiñones, terrible cortado en el casino de Telefónica, urgencias y correos estrafalarios.

Vuelta a casa, prueba de gimnasio, y por fin mi vuelta al Lomit's donde José me esperaba, o quizá no, puesto que con su carácter no sé si en realidad se acordaba de mí o no (creo que quizá al final sí). Reineta a la plancha y ensalada chilena. José me dice que bienvenido a mi casa, que ya me dijo que el Lomit's es mi casa. Él no sabe cuánta verdad lleva esa frase en el contexto Chile-Jack. Camino de vuelta al apartamento bastante feliz, atravieso la calle de mi viejo hotel, subo al decimonoveno piso y escribo una historia mientras escucho el disco «Ella and Louis» y pierdo la mirada hacia las luces de la parte rica de Santiago.





Comentarios

  1. Aunque tarde, veo que fue un agridulce regreso. Siempre es mejor buscar el lado positivo. Deberías sacar más a menudo de paseo tu faceta de escritor. Merece la pena leer estas cosas. 😉

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